miércoles, 18 de julio de 2007

Política Latinoamericana. Federalismo Argentino.


Los dilemas del federalismo argentino.

Es de destacar el artículo de J. Llach aparecido hoy en La Nación. El artículo en cuestión llama la atención sobre un elemento central en el desarrollo de la vida política Argentina: el federalismo. Llach es claro es su planteo. La situación Argentina muestra un frágil desarrollo de un federalismo genuino. Sin embargo, como advierte Llach existen condiciones para su profundización. La pregunta queda abierta.

Es cierto, a su vez, el renacer del pensamiento federal en el mundo a partir, sobre todo, del debate dentro de la Unión Europea. Aunque no se pueden descartar tampoco, como advierte también Llach, la caída de la Unión Soviética y el renacer de “lo local” en todo el globo.

Es particularmente importante el renacer del debate federal en la literatura. Se han publicado en los últimos años una cantidad considerable de libros al respecto a la vez que han aparecido una gran cantidad de “readers” que presentan las bases teóricas de este pensamiento (particularmente destacable es el libro de Karmas & Norman Theories of federalism. A Reader. Palgrave. USA. 2005).

El federalismo se presenta hoy como salida a una encrucijada doble: la primera de ella es el resurgimiento de sentimientos nacionales atados a lo local que desafían las clásicas nociones de ciudadanía (Québec, Catalunya, Escocia, Sri Lanka, Euskadi, Bolivia, etc). Pese a esta culturalización de lo político el federalismo se presenta, a su vez, como la alternativa para mejorar los mecanismos de control en un mundo cada vez más complejo. Ofrece por tanto una doble ventaja en respuesta a la doble encrucijada: la primera reconoce la pluralidad de sentimientos identitarios, esto es, reconoce la existencia de múltiples demoi sobre la ficción democrática. La segunda, ofrece mecanismos de control a diferentes niveles.

Mientras que en gran parte del mundo el federalismo es presentado hoy como un mecanismo alternativo capaz de mejorar el ejercicio del gobierno y del desarrollo económico; en Argentina, por el contrario, tiene reminiscencias conservadores. Federalismo está ligado a Caudillismo provincial.

De lo que se tratará entonces es de remover estas reminiscencias por medio de la generación de múltiples niveles de gobierno que sean capaces de “frenarse” entre si. Tal como manifiesta Llach, el resurgimiento de las economías locales puede ser la puerta de entrada para una descentralización eficaz en la Argentina capaz, por medio de una vuelta a lo local, de hacer frente al fantasma del caudillismo.

Un dilema, el federal, que la Argentina debe enfrentar.

N.P

lunes, 16 de julio de 2007

Pequeñas ideas. Política & Economía.


Pequeñas Grandes Ideas. Volviendo a lo básico.

Está mañana conversaba con A.M sobre "aquellas pequeñas ideas que generan grandes cambios y oportunidades". Aquí una de ellas.

Al recién llegado lo primero que le asombra de Amsterdam son las bicicletas. Es el transporte por excelencia de los holandeses. Sorprende aun más la destreza con las que manejan. A medida que pasan los días uno observa que lo que aparenta un caos de bicicletas guarda un riguroso orden. Bici sendas, señales, semáforos, y demás signos y usos que ordenan el tránsito.

Sorprende también la igualdad de las bicicletas. Todas son, más o menos, iguales. Ninguna destaca por su color o lujo. El igualitarismo queda más plasmado cuando se observa a los usuarios. Desde catedráticos universitarios a alumnos, desde directores generales de empresas al último empleado. Todos, sin excepción utilizan la bicicleta. Nadie es capaz de saber de antemano a quien pertenece una bicicleta. Todas son, demasiado parecidas.

Más allá de Amsterdam, algunas ciudades europeas están intentando adoptar este medio de transporte para desincentivar el uso del auto y descongestionar los clásicos transportes públicos. Una medida que generará no sólo un importante impacto medio ambiental sino que alentará también a aumentar las posibilidades de movilidad de los habitantes de la ciudad.

La primer gran ciudad europea en adoptar un modelo que alienta el uso de la Bicicleta ha sido Barcelona. El programa del ayuntamiento de Barcelona, Barcelona bicing presenta una idea novedosa e inteligente. Una pequeña idea. La generalitat ofrece en cada boca de metro y en lugares estratégicos de la ciudad bicicletas de uso público. El usuario debe registrarse para poder utilizarlas y abonar un costo simbólico. El tiempo de uso es de 30 minutos, debiendo el usuario, devolver la bicicleta en cualquier punto. En caso de que el tiempo transcurrido sea mayor (tiempo prudencial para las distancias de Barcelona) el usuario abona -por débito directo- un coste inferior a un viaje de metro cada diez minutos de uso.

El plan ha implicado grandes desafíos a la ciudad condal. La ciudad deberá adaptarse. Se deberán crear bici sendas, se deberá regular el transito, se deberá regular el control de los usuarios y demás cuestiones elementales que sólo generarán un impacto positivo en la ciudad. El turismo, por otro lado, agradecido del sistema.

Una pequeña idea que impactará positivamente en la vida diaria de los ciudadanos, que desalentará el uso del automóvil, descongestionará el transporte público y generará ciertamente una mejora en las posibilidades de movilidad de los barceloneses.

En definitiva, una medida local, generada por un gobierno local e implementada por él que está destinada simplemente a mejorar la ciudad y la vida diaria de sus ciudadanos. Una pequeña gran idea cuyo impacto económico será, está por verse, positivo.

Nuevamente, una lección producto de una pequeña gran idea. Mientras tanto, hace algunos días, el presidente argentino y toda la troupe inauguraban un tranvía en puerto madero que recorre una mínima distancia a un elevado coste, y se presentaba como un símbolo de modernidad y progreso. Mientras tanto, Catalanes y Holandeses entienden que la bicicleta, además de ser más limpia, más democrática y más rápida, es por sobre todo, más barata. Será hora de volver a pensar lo básico, me pregunto.

N.P


Política & Economía. Turismo en Barcelona.

Woody Allen y su experiencia barcelonesa

Hace 3 semanas Woody Allen llegó a Barcelona. Su encuentro con Barcelona no es casual. Cada vez que estrena una película, uno de los públicos más fieles en toda Europa es el de Barcelona, en comparación mucho más que el de Estados Unidos.

Es por este motivo que Allen, que ya vino un par de veces para tocar el saxo, ha vuelto para hacer lo que él considera “su declaración de amor a la ciudad”. Después de dos experiencias en Londres ha decidido que su tercera película en el exterior se ruede en Barcelona y la acción tenga como motivo la ciudad.

Ha empezado ya el rodaje y, por qué no decirlo, las incomodidades, puesto que el genio director ha cortado en horas punta los principales lugares de la ciudad “Passeig de Gràcia”, “Passeig del Born” y un restaurante de la Barceloneta. Durante las próximas 6 semanas se espera que Scarlett Johansson, Penélope Cruz y Javier Bardem sigan paseando por la ciudad, y nosotros deseando que alguien tenga la agenda del productor para pedir poder tomar un café (y quizá dos) con alguna de estas visitantes.

Ahora ya seriamente, esperemos que la película, que también tendrá rodaje de un par de escenas en Oviedo (donde Allen recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes), sea buena, interesante, y refleje la ciudad de la mejor manera posible. Técnicamente será muy buena porque la productora MediaPro (de Barcelona y que también se encargó de la reciente película “Salvador Puig Antich”) ha buscado los mejores profesionales españoles para ello.

De todos modos, como decía en un post anterior, la ciudad no necesita mucha más publicidad para recibir turismo y visitantes, aunque el mercado norteamericano, que empieza a ser uno de los más incipientes en la ciudad, siempre ha sido muy bien visto en el segmento más alto del rubro.

Andreu Orte

Politólogo

Asesor del Consejo Económico y Social de Barcelona

Ayuntamiento de Barcelona

sábado, 14 de julio de 2007

Filosofía. Lecturas (II) Sabatinas

Manuel Cruz. (Coord.) Odio Violencia, Emancipación. Gedisa. Barcelona. 2007.

Interesantísima compilación de textos presentados en Buenos Aires en Noviembre de 2005 en un seminario en el Centro de Cultura de España. Aquel seminario había tenido como objetivo preguntarse por el significado político del odio, la violencia y la emancipación en este complejo principio de siglo.

Cuál el significado político de la violencia y el miedo es una pregunta que cruza todo el horizonte de pensamiento político moderno. Pero ciertamente, en este tiempo adquiere una relevancia solapada y crucial. La tarea de repensarlo, y de hacerlo en el contexto de habla hispana da al libro un interesante aspecto.

Son de particular interés los artículos de Jorge Dotti y del mismo Manuel Cruz. El primero nos advierte sobre la indiscriminada horizontalización de una violencia cruda. El segundo, con la habilidad y el refinamiento propio de su autor, nos pone de frente al problema de una racionalidad que parece haberse perdido en nuestros días. Indaga y acusa con extrema astucia reivindicaciones que, a primera vista, parecen válidas. Pero que, a juicio de Cruz, esconden una fragmentación que muestra el abandono de los horizontes de la razón.

En definitiva, una compilación muy interesante, actual y altamente recomendable.

N.P

Filosofía. Lecturas

Lecturas en Castellano

Leo Strauss. La Ciudad y el Hombre. Katz. Buenos Aires. 2006.

Strauss nos propone la recuperación de un problema clave para el análisis de la modernidad y su relación con la verdad. Cuál es la tensión que existe entre La Ciudad y el Hombre. Entre el Filósofo y la política. Cuál es, en última instancia, la función política de la filosofía?.

La aparición castellana de un libro que tiene ya más de 30 años es saludable. La reedición de Strauss supone recuperar un pensamiento que nos obliga a preguntarnos otra vez por la obligación política y su sustento. Strauss nos obliga siempre a volver al problema Sócrates.

Esto es, volver al pensamiento y la reflexión sobre el lugar de la filosofía y su compleja y peligrosa relación con la ciudad.

Carl Schmitt Tierra y Mar. Una reflexión sobre la Historia Universal. Trotta. 2007.

Se recupera por fin un texto de Schmitt no sólo poco conocido sino que casi desaparecido del mundo editorial. Para aquellos que pudimos encontrar la vieja edición de los años 50 del centro de estudios políticos de Madrid la aparición es una alegría.

La pregunta Schmittiana aquí nos obliga a pensar el problema de los elementos. Según Schmitt hoy –en aquel momento- nos encontramos frente a la aparición de un nuevo elemento en la vida política: el aire. La dialéctica entre el elemento terrestre –típico del derecho de gentes europeo- y el mar –típico del no límite horizontal liberal- parece resolverse en la aparición del aire como elemento central en la vida política.

Trágica aparición. El aire ya no se sitúa. Ya no puede fundar ningún derecho que no sea con pretensión universal. La deslocalización del derecho -esto es, su rotunda imposibilidad- se plasma en el acto del bombardeo aéreo. Hoy diríamos en un Humanismo devenido en Humanitarismo que Bombardea en nombre de la Humanidad de manera des-localizada y su contracara, un terrorismo también de-localizado que mata de manera indiscriminada. Ninguna de las dos opciones, nos recuerda Schmitt, es capaz de fundar derecho. El aire, como elemento central de la época de la despolitización, muestra el ocaso de una ontología liberal incapaz de entender lo político y, por cierto, de la misma modernidad política. Esto es, desnuda todos sus peligros.

Roberto Espósito. Bios. Biopolítica y filosofia. Amorrortu. 2007.

Se completa con esta aparición la trilogía planteada por Espósito. Cuál es el origen de la comunidad? De qué manera se relaciona con la Inmunidad?, y cuál es la relación que conlleva entonces la trilogía Comunidad-inmunidad-vida?

Espósito nos presenta una propuesta interesante. La vida se vuelve al centro de la cuestión política. El ocaso de la Soberanía desnuda su afán por invadirla, por manejarla, por desnudarla, por decidir sobre la muerte. Esposito muestra de esta manera como la vida pura, desnuda, pasa a ser el centro de la política. La decisión política en un estado de constante excepción se vuelve siempre una dedición de muerte. Una muerte que da vida.

El bombardeo humanitario, los resultados de la violencia en Ruanda, el terrorismo y demás atrocidades nos ponen de frente a una relación compleja en la que se juega nuestra propia existencia. Una trilogía entre Comunidad-Inmunidad y Vida que merece la pena ser pensada.

***

Los tres títulos nos devuelven al corazón del debate político. Es decir al corazón de la política. A ese momento que merece ser pensado puesto que está detrás de cualquier derecho, de cualquier ordenamiento político. Un momento en el que se juega la fundación del orden humano. Uno donde, Mito y Verdad, Límite y Derecho, Comunidad, Inmunidad y Vida hacen su aparición trágica de manera indiferenciada.

De lo que se trata es de repensar entonces los fundamentos mismos de nuestro ordenamiento epocal. Saludables propuestas para el lector castellano.

N.P.

viernes, 13 de julio de 2007

Viajes.

Librerías de Barcelona.

La librería “La Central” de Barcelona debe ser homenajeada. Sus dos sucursales son realmente exquisitas tanto para el lector casual como para el lector especializado.

Hacía bastante tiempo que no me perdía en su sucursal de la calle Mallorca. Recomiendo visitarla si alguna vez alguien viene por acá.

A diferencia de las librerías de Ámsterdam que, a mi humilde entender, están más preparadas para ofrecer un gran catálogo donde priman los clásicos y la literatura contemporánea y mucha, mucha pluralidad representada en pequeños ejemplares de grandes autores, La Central parece ofrecerlo todo.

Primero sus edificios. Diseño. Dentro del edificio uno puede pasar horas y se siente intimidado a la vez que invitado por los ejemplares que lo rodean. Todas las paredes cargadas de libros. Abrumando de manera prolija. Pidiendo muchas veces una escalera para ver el estante más alto. No hay ningún espacio donde no haya libros.

Luego, ambas sucursales están ubicadas en zonas realmente privilegiadas. Una, la del Raval, en el corazón de la ciudad vieja. La otra, la de Mallorca, en pleno centro de la Barcelona más refinada. Sin embargo, ninguna de ellas se deja intimidar por su ambiente. Lo acompaña casi de manera misteriosa. Casi con desconfianza.

Ofrece mucho. De todo. Uno puede encontrar libros en francés, español, inglés, italiano, y catalán. Priman las traducciones españolas aunque están optando ahora por ofrecer una considerable cantidad de libros en idioma original –me asombró ver libros en Alemán y Neerlandés hoy en una considerable cantidad (es raro encontrar a Hegel en alemán editado por la vieja editorial de Berlin-.

La sección de Teoría Política y Social es demasiado atractiva. La de filosofía, separada del resto, en un rincón del piso más alto (no por casualidad, mantener la división clásica del saber es parte del encanto), permite al lector sentirse aislado para tomar aire y comenzar a buscar. Hay un silencio sepulcral. De biblioteca, no de librería.

Hoy encontré cosas que son difíciles de encontrar inclusive, en amazon.com. Pluralidad, libros en idioma original, muchas ediciones en tapa dura, y mucha novedad a un precio razonable.

Recorriendo las librerías de Ámsterdam me asombró la pluralidad en escala. Esas librerías ofrecían la posibilidad que cualquier lector pueda gozar de los clásicos y tenerlos en su biblioteca. Es cierto, La Central no permite eso. Está demasiado especializada. Está demasiado fragmentada. Pero cada fragmento, a su vez, ofrece delicias para quien sabe encontrarlas. Claro está, o bien hay un café dentro de la librería o bien a menos de 3 metros, para que al terminar la compra uno pueda completar el ritual.

A diferencia de las librerías de Ámsterdam, La Central es como un vino bueno y bien guardado. Tomarlo y disfrutarlo es todo un trabajo por el que uno solo recibirá un gran gusto.

Nicolás

martes, 10 de julio de 2007

Relatos.

Nostalgia.
El día lo sorprendió. La sensación de la mañana húmeda y cálida lo obligó a levantarse rápido. Miró por la ventana, el mar parecía inmenso. Tomó el tren y partió.

Decidió bajarse en la Plaza Catalunya y caminar. Se movía a paso rápido –él siempre iba apurado- por las Ramblas mirándolo todo, como queriéndolo registrar una vez más. Recordó la primera vez que había visto la avenida Passeig de Gracia, pensó que esta vez la encontraba más linda que aquella. –La verdad es que no me había gustado mucho, no era gran cosa- pensó para si mientras asombrado miraba La Pedrera.

Se detuvo, como cada vez que cumplía con su rutina mensual, en el café de la esquina. El mozo, que hacía ya 3 años que lo veía, sin dudar le sirvió un café largo y le alcanzó La Vanguardia. En ese momento miró el reloj. Eran las 9.00 de la mañana. Sabía que su compromiso burocrático no se iba a concretar sino hasta las 10.30 –es que en este país todo es lento, pensó por enésima vez-. Pese a que uno de sus placeres más grandes consistía en la rutinaria tarea de mirar el diario por la mañana mientras tomaba un café que ya le sabía familiar, este día no lo hizo.

Por primera vez en mucho tiempo se tomó un respiro. Su vista se perdió en la gente que caminaba por la rambla de Catalunya. Miró. Miró y miró. Un encargado de edificio corría con una correspondencia mientras un ciclomotor frenaba por la obra que estaban haciendo, un muchacho de unos veinte años preguntaba una dirección. Por un momento esa visión lo cautivó. Se vio a sí mismo unos cuantos años atrás.


El tiempo pareció detenerse. Ni el ruido de las bocinas, ni el calor agobiante que amenazaba con aparecer, ni el olor a café lo sacaron de su estado. Miraba fijo el edificio de la Diputaciò y el banco que, aferrado al piso, adorna la rambla. Por un minuto una sensación de nostalgia lo invadió. Recordó aquel día en que cargado de apuros y de papeles se sentó cansado en ese banco.

Había sido su primer día en la ciudad. Recordó su asombro cuando miró la cúpula del edificio de la Diputaciò. Pensó que desde aquel día no lo había vuelto a mirar a pesar de haber pasado por allí más de un millar de veces. Es que a veces, se dijo recordando un comentario, los lugares que el primer día son extraños mágicamente se transforman en habituales.

Un taladro lo rescató de la ensoñación. Era hora de realizar el trámite, por última vez.


***
Tomo el metro al salir. No volvió a detenerse en la Diputaciò, ni en su banco, ni en ningún recuerdo. Quería escapar de ellos. No podía permitirse la nostalgia que le producía un lugar que no era el de él. Sin embargo la sensación volvió a asaltarlo en el metro. Ese olor. Ese olor, se repetía a si mismo. Ese aroma poco agradable del metro barcelonés lo transportaba. Lo llevaba a otro tiempo. Un tiempo que estaba muriendo.

No rompió con su rutina. Se encontró con su amigo. Un saludo ameno, una charla normal y las quejas de siempre. Mientras su compañero hablaba con el inglés más familiar de todos, él pensaba en cómo ese hombre podía haberse convertido en su amigo. Pero lo era. Lo conocía a la perfección. Habían vivido juntos al llegar. Habían vivido juntos muchas más cosas de las que él podía haber imaginado. Habían compartido soledades, llantos, muchos llantos, y muchas risas. Habían creado un código secreto entre ambos hacía ya mucho tiempo.

Por uno de esos códigos podía él usar la oficina de su amigo. Eso hizo. Como siempre. Como un día más. Entre cigarrillo y cigarrillo en el balcón de esa universidad había conversado tantas cosas con aquel hombre que hasta hoy no sabía donde estaba Uruguay.


***

Era su última vez. Al menos eso sentía. Ya nada sería igual. Ya nada era igual. Sintió que sino partía rápido una rara tristeza lo abrazaría. Tenía que ver algunos amigos pero prefirió posponer sus compromisos y dedicarse a lo que más le gustaba hacer en Barcelona. Perder horas en la librería la Central de la calle Elizabets en el Raval.

Esa calle tenía un encanto que lo había atrapado desde el primer día. Una calle que no tenía nada de extraordinario lo enamoró desde el día que llegó. De un lado un hotel que intentaba vender un diseño, del otro, una vieja iglesia convertida en instituto de investigación y a su lado, en silencio, un viejo convento convertido en librería.


Entró. El olor a libros lo abrazó. Tenía más de dos horas y las pensaba perder en esa librería.

La planta baja estaba cargada de literatura. Buscó y buscó. Ojeó todo lo que pudo y le recomendaban. Hasta que Borges lo asaltó. Había visto en Ámsterdam un ejemplar de ese libro en casa de un amigo. Se acercó a él con respeto. Lo abrió. Y se perdió en él durante un tiempo. Bioy conversando con Borges. Era demasiado, pensó. Cada página podia sacarle horas de su lectura obligada. Al fin y al cabo debía terminar de una vez su tesis doctoral. No podía seguir entreteniéndose con Borges.

Soltó el tomo con bronca. Como quien no quiere desprenderse de algo. Enseguida vio que habían traído una nueva edición de las obras completas de Shakespeare. Como un goloso se avalanchó sobre el gigante libro. Era en Inglés. Una belleza. Instantáneamente fue a Hamlet. Hamlet le traía recuerdos. Tal vez hasta por él había conocido a su pareja. Hamlet era su inspiración siempre. Es que no falta nada en esa obra donde la modernidad se resume en un párrafo. Donde se muestra el poder de los fantasmas. Donde se insinúa el individualismo, el liberalismo y sus propias imposibilidades. Donde la sangre, la fatasmalogía y la duda racional lo constituyen todo.

Miró el Borges de Bioy y el tomo en inglés de Shakespeare. No podía otra vez, permitírselo. Ya llegará el momento, se dijo. No había tiempo que perder. Necesitaba salir de esa sección antes de encontrar algo más. Pessoa amenazaba con aparecer en cualquier momento. Demasiados recuerdos. Se apuró para subir al primer piso. Ese si le era familiar.

Historia en el entresuelo a la derecha, a la izquierda teoría política y en cada costado antropología y sociología. Lo conocía de memoria. Hasta todavía estaba el tomo que reservó y nunca compró de la Historia secreta de los mongoles. Miró las novedades. Nada nuevo, salvo una traducción de Koselleck de Tecnos que le llamaba la atención. Pensó que Tecnos había leído su pensamiento, estaban traduciendo aquellos libros que él pensaba a nadie ya le importaban un bledo. A la derecha de Koselleck una nueva edición de Mar y Tierra (quien se hubiese atrevido a ponerla a la Izquierda!). Hacía meses que el traductor se había comprometido a enviarle un
ejemplar. Tuvo la tentación de comprarla pero desistió. Debía confiar en su colega.

En su mente sólo había una cosa. Encontrar las cartas de Strauss a Schmitt. Había, según Internet, un ejemplar. Pero no estaba. Irene, paciente empleada que ya conocía los pedidos estrambóticos que él solía hacer, le dijo calmándolo, como se calma a un niño caprichoso, que el jueves lo podía retirar. Sintió frustración, pero Irene –quien por observación conocía los placeres de su cliente- inmediatamente lo sedujo con una nueva edición del Nomos de la Tierra. Imposible resistir la tentación. Fue entonces cuando en la mesa principal vio un tomo que le sonaba conocido. Lo abrió. Vio escrito en el capítulo 4 su nombre. Sonrió, y con una lentitud extraña en él lo dejó donde estaba. Lo invadió el orgullo. Compartía, aunque limitada y ocultamente, cartel con los sabios que habitaban los estantes. Casi casi, sintió vergüenza.


Salió con su flamante Nomos y una traducción castellana difícil de encontrar de Strauss. Sintió orgullo. Se sentó, como lo hacía ya hace muchos años, en el café de la librería a ojear con gula sus nuevos tesoros. Esta vez, dado que había visto su nombre en esa mesa, no leyó. Estaba demasiado nervioso, ansioso, avergonzado y orgulloso como para hacerlo.

Volvió a recordar el primer libro que había comprado hacía mas de tres años en esa misma librería de sus sueños: “Natural Right and History”, podía hasta recordar de que lugar del estante lo sacó.

***
Tomó el tren. El calor otra vez. El peso de la mochila. El viaje. Y ese olor.

Encontró sitió en uno de esos asientos de a seis que nadie sabe para que están hechos. Nadie, de un tamaño razonable, cabe en ellos. Frente a él una pareja de jóvenes hablaban un inglés con acento marcadamente londinense. A su lado, un muchacho con cara cansada de facciones árabes. Sólo podía mirar por la ventanilla para no invadir al resto.


Se perdió en el paisaje de obra hasta que, repentinamente, el mar. Un color turquesa, casi transparente, lo asaltó entre las montañas. El color del cielo en el atardecer mediterráneo merecería un capítulo. El tiempo se detiene. El tren se hace ameno. Todo se vuelve, perfecto.

La tristeza lo volvió a invadir. El recuerdo de la más abrumadora soledad que sintió aquel día mirando el mismo paisaje lo asustó. Tenía miedo. No quería pensar. Quería leer. No podía. Todo lo transportaba hacia una emoción de la cual quería escapar.


Fue al recordar su cara tierna en aquella primera visita de domingo a Sitges que todo se derrumbó. La recordaba sentada frente a él, sonriendo cómplice. Preocupada por él, pero contenta. Temerosa del futuro pero arriesgada. Como siempre. Fue en ese momento que descubrió que extrañaría: que irse, como ya le había pasado, representaría media muerte.

Fue en ese momento que descubrió que debía volver. No estaría el mar, pero ella lo estaría esperando.